El pánico no logró que los políticos ni la sociedad rompieran los moldes

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Por: Alberto Medina Méndez.

El pánico puso en el tapete una cíclica actitud equivocada

Una sociedad ansiosamente caprichosa

No es una novedad que la dirigencia política utiliza parámetros poco convencionales para orientar rumbos. En esta coyuntura, y pese a las particularidades de esta época, no hubo espacio para la excepción.
Es que la esencia de ese oficio invita, inexorablemente, a la tentadora gimnasia de capturar voluntades con la ilusión de que los votantes seducidos utilizarán la próxima elección para confirmar su adhesión.

En buena medida, esta lógica explica por qué los líderes del mundo se inclinaron por los confinamientos como estrategia frente al coronavirus.

La discusión sobre los matices puede ser, a estos efectos, poco relevante.

La trastienda de cómo los gobernantes arribaron a las decisiones clave muestra que evaluaron los riesgos de cada opción disponible para luego seleccionar la que entendieron menos aventurada.
La idea de coexistir con una avalancha de muertes, las fotos de las fosas comunes y las anécdotas que daban cuenta del método para priorizar a quiénes preservar sesgaron la perspectiva hacia posturas mas restrictivas.

Aún hoy se sabe muy poco acerca de la enfermedad. El horizonte en el que se divisa la vacuna salvadora sigue lejos y la etapa experimental por la que atraviesan decenas de tratamientos alternativos no es concluyente.
Cualquier político medianamente experimentado, en este contexto de absoluta incertidumbre, sabe que una catástrofe sanitaria quedaría para siempre impregnada en las retinas de los ciudadanos y eso no es aceptable.
La inercia sociológica de buscar causantes en un escenario de calamidad culminaría señalando como responsables a los conductores políticos de turno, y la presunción de que ese eventual tropezón sería irreversible, amedrentó a los que presumen que de allí difícilmente se vuelve.

Bajo esos paradigmas y casi sin variantes a la vista, la inmensa mayoría finalmente recorrió el camino de lo esperable, haciendo lo que hicieron todos, continuando una secuencia que nació en el hemisferio norte y se propagó globalmente imitando esa larga nómina de medidas.
Las encuestas confirmaron el “acierto” exhibiendo un incremento significativo de la popularidad de los primeros mandatarios que lograron una aceptación impensada y un apoyo casi incondicional frente a la crisis.

Ir contra la corriente no fue la regla universal.

Unas pocas naciones audaces se la jugaron y están aún hoy siendo observadas, inclusive con la ansiedad de muchos que esperan que el error original muestre las garras y castigue a esos temerarios líderes con una tragedia que los haga escarmentar.

Lo cierto es que los números de los pioneros, de esos que prefirieron la cautela de la racionalidad y no el espasmo del miedo, no son demasiado diferentes por ahora, y hasta es posible que sean ellos los de mejor desempeño relativo contrariando a los agoreros de su debacle.
Pasadas varias semanas y con los “picos” superados en aquellas naciones que marcaron un hito con sus aparentes desaciertos, el tema de moda ya no es el colapso del sistema de salud, sino el gigantesco costo que pagará la sociedad en términos de destrucción de la economía.
Es que tanto la pobreza como el hambre, el desempleo y la recesión, la inflación y el cierre de empresas, también traen consigo muertes derivadas de esos fenómenos muy silenciosos, pero despiadadamente lapidarios.

Hoy, la gente aún con algo de temor e igualmente angustiada empieza a incomodarse con las evidentes consecuencias de aquellas determinaciones que se suponían heroicas y que ahora parecen bastante desproporcionadas.

Todos admitieron que la salud es una prioridad y que sin ella no hay presente, pero también que sin economía no hay futuro, especialmente en comunidades en las que el subdesarrollo no otorga revancha alguna.

El sendero que queda por transitar es demasiado largo y aunque el covid-19 desapareciera espontáneamente muy pronto, los daños ya son dramáticamente tangibles y la recuperación será tan compleja como lenta.

El “relato oficialista” se ocupará de venderse como el “salvador de las vidas”.

Muchos probablemente comprarán esa mirada, pero el tiempo será cruel y las privaciones, la desocupación y la caída de la actividad pasará su ineludible factura a quienes prefirieron la supuesta prudencia.

Los líderes perderán el prestigio ocasionalmente logrado, el sistema político será muy cuestionado debilitándose peligrosamente y las democracias pasarán por su propia tormenta, especialmente esto puede ocurrir con más fuerza en aquellos países con instituciones frágiles y economías vulnerables.
Los políticos tienen una significativa dosis de culpa. Tuvieron en sus manos la chance de hacer lo sensato. Optaron por escuchar a la gente y los aplausos nublaron su visión de mediano plazo. Creyeron que serían aclamados eternamente y garantizarían así su continuidad en el mando.
Una sociedad ansiosamente caprichosa que cree en el efecto mágico de las leyes no comprendió acabadamente que demoler es muy fácil y que construir insume tiempo.

Una cuarentena se define por decreto, pero la reactivación económica llevará meses o años.

En este caso la gente y también la política probarán de su propia y amarga medicina, pero lo más grave es que probablemente tampoco aprenderán de esa desventura encontrando a quien incriminar.

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