La opacidad de un horizonte sin certezas

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Por Alberto Medina Méndez vía Diario El Litoral | 6 de julio de 2020

La nueva discusión sobre si la responsabilidad de esta debacle económica la tiene la pandemia o las múltiples variantes de los confinamientos se ha instalado en la opinión pública como una controversia más que desafiante.


Dejando de lado las inocultables limitaciones a las libertades a las que han recurrido los gobiernos bajo el argumento de frenar el vertiginoso avance del coronavirus, vale la pena dimensionar el impacto de esta coyuntura.


La situación global es compleja. Lo sanitario sigue estando en el centro de la escena y nada permite inferir que ese esquema se modifique muy pronto. Mientras las muertes se presentan a diario y los casos aumentan, los sistemas de salud tratan de mantenerse indemnes a pesar del embate.


Los tratamientos vienen evolucionando bastante, pero no a la velocidad deseada. La ansiada vacuna tiene fases de prueba, protocolos que cumplir y varias preguntas sin contestar. El abismo,hasta su implementación generalizada, parece interminable además de impreciso en el tiempo.


La economía, en ese devenir tan difuso, tropieza cotidianamente, intenta reconvertirse creativamente, lo logra a medias mientras espera el milagro, pero sin una visión contextual difícilmente consiga enderezar el rumbo.


La polémica entonces se concentra en si el problema de fondo es el covid-19 o todo se está desplomando justamente por las medidas adoptadas por los gobiernos que cuentan con la anuencia tácita de las comunidades.


Pareciera que la disputa ahora pasa por saber si realmente el remedio es mucho peor que la enfermedad y si sus supuestos alivios no apalancan, por lo tanto, un involuntario daño superior al que intentan minimizar.


No tiene sentido caer en la trampa que propone la política. Está claro que los oficialismos tienen intereses y que los que militan en la oposición también. Cuando se habla desde ese lugar es difícil saber dónde esta la verdad porque todo queda sesgado, y razonar parece un ejercicio inútil.


Debe quedar claro que el miedo ha jugado un rol clave. Luego restará saber si ese temor guarda proporción con los sucesos, si es exagerado respecto de la amenaza o, por el contrario, si la humanidad ha despreciado su relevancia actuando con negligencia frente al desborde comunicacional.


Existen demasiadas investigaciones que han vinculado el desarrollo, la dinámica productiva, la inversión, el ahorro y el consumo con un fenómeno sociológico subyacente relacionado a las expectativas respecto del porvenir.


Se invierte dinero apostando a que eso multiplicará dividendos en un lapso determinado. Nadie lo hace con la intencionalidad de perder. Por ello la esperanza de un resultado favorable funciona como un motor que impulsa con potencia y hacia adelante todo lo que trae consigo.


En esa misma línea, también se consumen productos y servicios no solo porque se identifican necesidades concretas a satisfacer, sino por la presunción de que se dispondrá de elevadas posibilidades de repetir ese proceso nuevamente ya que los recursos fluirán en un período posterior.


En definitiva, las decisiones económicas tienen un significativo componente ligado a las expectativas respecto de lo que ocurrirá en el corto, mediano y largo plazo. No se trata de predicciones precisas, pero sí de suposiciones amparadas en ciertos parámetros que permiten pensar con esa lógica.


Cuando esa mecánica se interrumpe, por lo que fuere, todo cambia abruptamente y es eso lo que se observa en este momento tan particular utilizando ese prisma y viendo que la gente está desorientada, perdida, sin norte, sin saber muy bien cómo se saldrá de este embrollo, ni tampoco cuándo acontecerá ese instante, si es que finalmente acaece.


No existe un pronóstico con fechas exactas respecto a la finalización de las cuarentenas, porque no se sabe casi nada de la eventual vacuna, ni tampoco de un tratamiento mágico que cure la enfermedad fácilmente.


Pese a la abundante información disponible, las versiones contradictorias sobre las investigaciones científicas, los relatos de los especialistas y las opiniones aparénteme calificadas, nadie ofrece certidumbre absoluta.


En materia económica todo parece más sofisticado aún, ya que no brotan antecedentes de crisis de esta naturaleza. Predecir recuperación, plazos y formas parece muy temerario. Se podrán hacer cálculos, pero los horizontes son tan borrosos, que lo que se diga está sujeto a revisión constantemente.


Como pasa casi siempre, los acontecimientos sociales tienen muchas aristas y atribuirle a un solo elemento todas las explicaciones puede ser tan audaz como falaz.
Hasta que no se encuentre un tratamiento eficaz para esta dolencia, o una magnífica vacuna de una eficiencia gigantesca, las restricciones seguirán vigentes bajo algún retorcido formato.


Bajo esas abominables normas que solo brindan opacidad, la adecuación económica será inexorablemente lenta y no despegará jamás hasta que los seres humanos terminen de adaptarse a esta especie de nueva normalidad.


Detenerse en este debate estéril puede ser tan peligroso como infructuoso ya que mientras se discute la mayor preponderancia de un factor no se ponen los esfuerzos en sortear los escollos actuales y mucho menos en imaginar lo que viene de la mano de disruptivas reglas de juego.


Mientras los políticos lidian con las cifras diarias, son los ciudadanos más emprendedores los que deben permitirse soñar para construir el nuevo paradigma. Habrá que hacer el duelo rápidamente, para diseñar ese futuro y edificarlo lo antes posible. El panorama no se disipa y la vida no espera.